miércoles, 2 de marzo de 2011

La Telenovela que quiso ser Serie, pero que no le alcanzó ni para Miniserie

 ‘Confidencial’ es la apuesta más reciente del Canal Caracol por tratar de recuperar el rating que le ha quitado RCN con 'La Pola'; historia de la historia que nunca existió desarrollada con una técnica impecable, y con 'El Man es Germán'; otro de los ridículos personajes que reflejan realidades inverosímiles y logran pegar de una manera muy fácil sus devenires y dichos en el común de la gente (tal como lo logró Beto Reyes con su "péguele!" y Leo con su "Diosa coronata").

Como formato, ‘Confidencial’ trae a colación nuevamente la “miniserie” como una posibilidad para contar historias en el 'Prime Time'. Claro, eso se destaca de la Gerencia de Productos de Caracol Televisión: apostar por el formato. Sin embargo, y para pena de algunos que creen que ‘Confidencial’ es la panacea universal, tengo algunos “vidriecitos en las medias” al respecto. Hablo del mal aprovechamiento del formato miniserie, del “truco” que conlleva el vender las historias como "inspiradas en la vida real" y de la promesa de la "impecable" realización.

Lo primero. ‘Confidencial’ ha caído en el juego de la subtrama prolija como relleno para alargar la trama. No hay que pasar por alto la evidencia etimológica: la miniserie es la versión "mini" de una serie, es decir, lo elemental de algo que ya de por sí es conciso y eficaz, narrativamente hablando. Y como me lo esperaba, las tres historias que ‘Confidencial’ ha contado hasta ahora –y seguramente así serán todas— han sido infladas banalmente.

Error craso para una miniserie, pues si se puede comparar una telenovela (trama de largo aliento, con unos protagonistas que cargan el peso de la misma que a su vez es alimentada de múltiples subtramas y relaciones entre otros personajes que aparecen y desaparecen de la historia) en el audiovisual con la novela en la literatura, la miniserie sería algo parecido a un cuento. Parafraseando a Cortázar, si la novela gana por puntos, el cuento debe ganar por nocáut. La miniserie debe ganar por nocáut.

La miniserie debe dar, con su trama y sobre todo con un ‘jab’ visual como final, el golpe de gracia al televidente desprevenido –o a la defensiva, en el mejor de los casos—. Y si bien los finales de las novelas semanales de ‘Confidencial’ dan, si acaso, ‘uppercuts’ con sus finales, no alcanzan a sorprender y conectar el cambialuces que los espectadores merecemos cuando nos acercamos a ver una narración que suponemos –y se nos ofrece— diferente a las telenovelas esquemáticas y tradicionales de siempre. Las historias son predecibles en su mayoría.

Lo segundo. El casi engaño que propone el recurso de vender las historias como "inspiradas en la vida real" o "basadas en hechos reales" o cualquier otra frase que dé el indicio al espectador que lo que se presta a ver o pasó o pasa o podría pasar en algún microcosmos espaciotemporal de nuestra dimensión. Frases de cajón con las que venden muchas historias hoy en día. Al final no son más que, como aquella película de James Cameron donde actúan Schwarzenegger y Curtis, "mentiras verdaderas". ¿A qué me refiero?

Es claro que tanto las historias de ‘Confidencial’ como todas las historias que se producen en el audiovisual, tanto las documentales como las de ficción, están basadas en hechos de la realidad. Son versiones de la realidad misma. Es más, sería ilógico pensar o creer que se va a inventar un relato que no tuviera referentes en algo que ya conociéramos. Y si se pudiera, ¿quién lo entendería? ¿Vería alguien esa telenovela o lo que sea que fuere? No creo.

Las frases comerciales que prometen "realidad pura" lo que plantean es reforzar el dramatismo, muchas veces insuficiente desde el guión, haciendo que el televidente se ponga en los zapatos del doliente del caso, o, el juego de poner al espectador a buscar la historia en los referentes puestos en la agenda de los medios por los noticieros. Que si este caso es del Padre Alberto o el de Gonzalo Gallo, que si este es Luis Eladio o Géchem, que si éste es el tipo que mató a la mujer en la costa o no. La respuesta, ambivalente: sí, son todos, pero no, no es ninguno. Son re-creaciones de todas esas realidades. Punto.

Ahora, lo tercero. ¿Producciones impecables? No. Las dinámicas de producción del seriado no se han desligado de las puestas en práctica por las telenovelas mismas: trabajo a varias cámaras que todo el tiempo buscan movimientos de grúa y acercamientos ópticos superlativos innecesarios, uso exagerado de iluminación en espacios que evidentemente son sets o –aún peor— exteriores, y uso excesivo de planos de contexto o de elipsis temporal-espacial. Ni qué decir de las sobreactuaciones y las historias con finales predecibles.

Hasta problemas técnicos tan simples como el ruido o muaré que generan muchos de los vestuarios –mal elegidos— de los protagonistas en el subutilizado formato de 24 fps de cine para la miniserie o desatenciones en la continuidad como cuando se ve la cámara en algunos planos o cambia el maquillaje y peinado de los protagonistas entre planos. De hecho, descubrí que también la música incidental que utilizan ya había sido utilizada en ‘La Saga: negocio de familia’ (esto no es gratis: La Saga es mi novela preferida). Falencias que son aceptadas en producciones mediocres, no en un proyecto con el que se espera sacar a Caracol Televisión del meollo en que lo tiene la franja nocturna de RCN.

Todo ello deja mucho que desear cuando se compara esta miniserie con series como El Capo o novelas como Tierra de cantores y la recién lanzada Amar y temer, de producción excelsa y fotografía muy bien lograda.

Por todo esto, a pesar que me alegra que se vuelva a hablar de miniserie en la televisión colombiana, considero que todo producto que tenga ese rótulo debe responder a dinámicas de producción más cercanas al cine que a la misma televisión. En consecuencia, ‘Confidencial’ y toda réplica maltrecha y mutante que surja bajo los parámetros de la telenovela, no podrá ser más que telenovela. Más de lo mismo. ‘Confidencial’ no es más que seis pequeñas novelas de una semana, vendidas como miniserie y hechas con tres cámaras forzadas a verse como si fueran cine.