lunes, 20 de febrero de 2012

El vía crucis de la familia de Sandra Viviana Cuéllar*

No es fácil acostumbrarse a llamar continuamente a la Fiscalía y a Medicina Legal, para saber si la persona que uno ama apareció muerta. Quizá, tirada en algún matorral apartado, frío y oscuro. Ni siquiera en un país como Colombia, donde las desapariciones son pan nuestro de cada día, y los desaparecidos ya ni clasifican como titular de primera página.


Pero don José Dumar Cuéllar lo hace. Cada diez días se llena de coraje y se comunica con la Fiscal de reacción inmediata, de la Fiscalía 71, y con personal del Gaula para preguntar por su hija. Afortunadamente, por ahora sólo ha recibido negativas en el parte de novedad. Aún así, la incertidumbre de no saber dónde y en qué condiciones está, es un dolor casi parecido al de recibir la mala noticia.
En su corazón y en el de su esposa, María Gallego, la hija que ambos adoran, Sandra Viviana Cuéllar Gallego, sigue viva. Por eso, siguen cuidando sus pertenencias con esmero, para que las encuentre en perfecto estado el día que regrese.
En el barrio Los Alcázares, en la sala de la casa materna, desde hace una semana reposan parte de sus cosas: un juego de comedor de madera oscura y tapizado anaranjado, una nevera Mabe plateada de 235 litros y un viejo televisor JVC negro de 32 pulgadas. Todo estaba en el apartamento que Sandra Viviana había alquilado en el barrio Miraflores, y que apenas pudo disfrutar por cinco días. Cuando desapareció, el pasado 17 de febrero, ni siquiera había aprendido a gozarse el viento que se cuela por el barrio, la vista de la ciudad desde la colina, la tranquilidad de las pequeñas calles.
La casa de don José y doña María se ve oscura. Huele a tristeza. Pero ellos la evaden. Todos los días se levantan a las 5:30 de la mañana, se toman una colada de maizena o un chocolate y manejan su jeep amarillo mostaza hasta el granero que tienen en el barrio Sucre, en la esquina de la carrera 13 A con calle 17.
Allá, detrás de los estantes llenos de abarrotes y lejos del mostrador donde comunmente llegan personas en situación de calle, guardan como tesoros las otras pertenencias de Sandra Viviana.
Hace ya 49 días que no saben nada de su hija, la ingeniera ambiental. La última vez que la vieron, 17 de febrero, iba feliz hacia Palmira, a dictar la que sería su primera clase como docente asesora en la Universidad Nacional de esta ciudad.
Don José Dumar no puede evitar recordar esa rara costumbre que ella tenía desde pequeña de llevar a casa animales de la calle para curarlos o bañarlos. Cuenta que incluso un día llevó un murciélago que estaba golpeado y que tras intentos fallidos de veterinaria casera, y cuidados más llenos de amor que de zootecnia, el animal murió.
Así es ella. Como la describe su padre, una mujer fuerte y proactiva. Sandra ha sido una participante activa de iniciativas culturales, sociales y sobre todo ambientales. Bailarina de diversas compañías y partidaria de iniciativas como la protección de cuencas de ríos, los mercados campesinos y la oposición al monocultivo de caña.
De hecho, durante las dos semanas anteriores a su desaparición, Sandra Viviana estaba desarrollando con la población de Yumbo un proyecto de gestión ambiental para el municipio. También había trabajado con los indígenas Yanaconas para proteger el río Cauca. Una activista, en todo el sentido de la palabra. Mas nunca participó en movimientos políticos, según su padre y sus amigos.
¿Por qué desapareció Sandra Viviana? Nadie lo sabe. Esa incertidumbre mantiene helado el corazón de doña María. Eso y las falsas llamadas que durante estos 49 días han hecho algunos inescrupulosos para decir que hallaron el cadáver de Sandra Viviana, o que la vieron caminando por El Calvario. Se le ve atiendiendo a un anciano por encima de un mostrador del granero y mira fijamente. Sus ojos claros parecen cansados de llorar en las noches, mientras reza el rosario y se mantiene en vela. José Dumar dice que doña María duerme sólo tres horas. ¿Qué madre podría conciliar el sueño?
Claudio Fierro tampoco olvida su sonrisa. Esa que lo cautivó en Bolivia. Esa sonrisa grande y perlada que Sandra Viviana le regalaba cuando amanecían juntos y que le duele ahora como un martillazo en el pecho. Claudio la conoció mientras ella realizaba un viaje por el continente en búsqueda de otra visión del mundo. Hace seis meses decidió compartir su amor por la fotografía con su amor por ella.
Claudio es un argentino de 42 años y muchas menos palabras. Dice que llegó a Colombia poco antes que Sandra desapareciera. Ahora está varado en un mundo que no le pertenece. Lejos de su patria y de su amor. Le duele dormir en la cama donde Sandra Viviana durmió en sus años de universitaria y no tenerla a su lado. Se le entrecorta la voz cuando lo cuenta. Se le hace un nudo en la garganta que se puede ver sobre la piel. Respira profundo. Calla.
La familia de Sandra Viviana cree que ella aún está viva. Hay muchas razones para mantener la esperanza. El haber encontrado sus pertenencias botadas en la calle y el conocer su temple para enfrentar la adversidad, los alientan. Argumentan que si estuviera muerta ya habrían encontrado su cadáver.
La hipótesis a la que prefieren aferrarse es que se encuentra secuestrada. ¿Por qué? No encuentran motivo alguno para ello, pero es lo que creen. Ni siquiera han recibido llamadas extorsivas o amenazantes que puedan validar esa hipótesis. Simplemente es la posibilidad que decidieron creer, entre las muchas que hay.
Lo único que quieren es que no haya necesidad de hacer la próxima llamada de cada diez días a la Fiscalía. Lo único que esperan es volver a verla como siempre: sensible, inquieta, contestataria, llena de vida.
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* A propósito del primer aniversario de la desaparición de la ambientalista Sandra Viviana Cuéllar, cumplido el pasado 17 de febrero, les traigo el texto que hice para Elpais.com.co  el pasado mes de abril sobre el drama que vive su familia. Tristemente, aún no se sabe nada de Sandra. Vea el texto aquí

miércoles, 15 de junio de 2011

El buen caleño, el cine y el bebé con catalepsia*

¿Si supo lo del bebé ese que toda una ciudad dejó morir? ¿No? Si le contara… Bueno aunque usted no tiene por qué saberlo. Claro, es entendible, usted, tan ocupado en los oficios diarios que demanda ser un buen ciudadano no tiene por qué saber ese tipo de cosas. Por ejemplo, sobre cine.

Usted no tiene por qué saber que en Cali se filmó la primera película colombiana de ficción. Tampoco sabrá que ese largometraje se hizo en 1922, inspirado en la novela María del escritor vallecaucano Jorge Isaacs, el del billete de cincuenta mil pesos. No tiene por qué. Está demasiado ocupado trabajando para pagar los recibos y los impuestos.

Es más, ni siquiera es culpable de no saber que en Cali, en 1941, se rodó la primera película sonora del cine colombiano: Flores del Valle, de Máximo Calvo Olmedo. De más que ni le suenan los nombres de Carlos Mayolo, Lisandro Duque, Carlos Moreno, Oscar Ruiz Navia o Luis Ospina. Ya tiene usted suficiente con recordar la nómina del Cali y del América.

Seguro no me creería si le aseguro que esta Cali, la que usted de pronto relaciona con la Salsa y las mujeres bellas, fue llamada en una época ‘Caliwood’. Porque así usted no lo note, el cine siempre ha estado presente en nuestra Cali: desde los teatros donde se veían las películas mexicanas y los ‘western’, hasta los jóvenes medio ‘hippies’ que caminan hoy en día con una cámara registrándolo todo. La ‘Sucursal del cielo’ siempre ha vivido a 24 cuadros por segundo.

Le puedo apostar que usted, mi buen amigo y ciudadano de Cali –de antemano, me excuso si lo sabía— ni sospechaba lo importante que es Cali en la historia del cine en Colombia. Pero ya lo ve… Pero bueno, tranquilo, a usted le corresponde es preocuparse por ser un buen ciudadano. Eso del cine dejémoselo a los desocupados y a los locos.

Hablando del buen ciudadano, déjeme le pregunto ¿mataría usted a un bebé de dos años? Píenselo… No se apresure en contestar. Medítelo…

Sólo póngase en ésta situación: Supongamos que usted ya se leyó esta revista-volante y ya se la pasó a un amigo o la botó –en una caneca, obviamente.  Usted como buen ciudadano que es, si de usted dependiera; de su tiempo y su dinero, ¿dejaría fallecer a un indefenso e inocente niño de dos años con toda una vida por delante?  

Seguramente su respuesta sea no. Sin embargo,  amigo caleño y amiga caleña, debo ser el portavoz de la mala noticia: los caleños estamos dejando morir el Festival Internacional de Cine de Cali, FICCALI, con sólo dos años de creado.

Porque sí, qué pena no haberle comentado, resulta que en Cali, por aquello de su importante papel en la historia de la cinematografía nacional y mundial, hay un Festival de Cine. Es un certamen anual que en sólo dos ediciones ha presentado 651 películas de más de 50 países y que ahora, por falta de autogestión de sus organizadores, indolencia del sector privado y mala planeación en la asignación de la partida presupuestal del Municipio, está en veremos.

El pasado 10 de mayo, Carlos Rojas, Secretario de Cultura de Cali,  confirmó el rumor que había sobre el FICCALI 2011. Lo que sería el acta de defunción del bebé de dos años: el presupuesto en la cartera municipal de Cultura no era suficiente y los fondos no ejecutados provenientes de otras secretarías, que eran los dineros que habían permitido la operatividad en las ediciones de 2009 y 2010, ya se habían acabado. El FICCALI no se haría.

Entonces se lo imagina uno, como buen bebé de dos años, reposando en un ataúd blanco de pequeñas dimensiones, siendo velado en los alrededores del Estadio Pascual Guerrero, claro está, en una funeraria de poca monta. La sala de velación estaría llena de cinéfilos, amigos, gestores, dolientes, académicos, indolentes chismosos y ‘hipsters’. También estaría la plana mayor del Municipio y los intelectuales más famosos de la ciudad, por supuesto.

La escena sería desgarradora. Luis Ospina, con sus gafas Ray-Ban oscuras para disimular la hinchazón en los ojos, daría unas palabras de agradecimiento a los asistentes, con la solemnidad de siempre. Rodrigo Vidal rompería con el silencio y sollozaría sintiendo el hijo partir.  Juan Carlos Romero, quien desde febrero había dicho que la Alcaldía sólo daría 30 millones para realizar el Festival,  daría gritos llenos de ira diciendo: “yo les dije, yo les dije!”.

Al final, mientras suena música de Ennio Morricone o Nino Rota,  en una bóveda del cementerio central sería sepultado el pequeño féretro blanco del FICCALI, ese bebé que a sus dos años fue masacrado, también, por la inasistencia del público caleño.

Porque es claro, amigo caleño y amiga caleña: en Cali ningún Festival cultural es autosostenible, y esto también es nuestra culpa. Está bien que la Alcaldía está recortando el presupuesto para los eventos culturales –En 2009, la Alcaldía dio $550 millones al Festival de Cine y en 2010, $300 millones— y que los comités organizadores no planean suficientes alternativas para incentivar la inversión del sector privado, pero usted, amigo y buen ciudadano, no está asistiendo a los eventos pagos de los Festivales.

Eso también debemos hacerlo los buenos ciudadanos. Apoyar las iniciativas culturales que se gestan en el seno de la sociedad caleña. Alternativas que no son la panacea para acabar con el aumento en los índices de inseguridad que van en aumento –este año las muertes violentas han aumentado un 5%--  pero que bien, acompañados de políticas ciudadanas de inclusión y educación pueden aminorar la proliferación de los sicarios y los ‘traquetos’ espontáneos.

Y esto mi amigo ciudadano de Cali, usted sí tiene por qué saberlo: El presupuesto de la Secretaría de Cultura para este año es de $17.800 millones de pesos. ¿No es esa plata parte de lo que usted y yo, como buenos ciudadanos, pagamos en los impuestos? ¿No alcanza con eso para hacer el Festival Internacional de Cine de Cali y el resto de festivales culturales grandes de la ciudad?

Apoyar la cultura y estar pendiente de qué hacen los mandatarios con el erario son sus derechos y deberes, mi amigo buen ciudadano. Por eso, así como cuando va a votar para tener luego derecho a despotricar del mandatario local, acuda a los Festivales culturales de la ciudad para que luego pueda quejarse porque “en esta ciudad no pasa nada” o porque “cómo es posible que no van a hacerlo este año”.

Por eso, desde comienzos de mayo los que nos consideramos cinéfilos y nos duele la muerte del FICCALI nos convertimos en aquellas damas de negro que lloran al muerto en el cementerio. Entonces todas las tardes vamos, armados de un buen pañuelo y varias películas ‘underground’ y lloramos a moco tendido la desaparición del FICCALI, esperando a que, como si fuera un bebé con catalepsia, despertara y tocara del otro lado de la bóveda pidiendo ver la luz.

Me han dicho que en los próximos días los gestores y el Municipio anunciarían un acuerdo que permitiría inyectarle adrenalina directamente al corazón, como a Mia Wallace en Pulp Fiction, al cadáver del Festival Internacional de Cine de Cali. 

Según me dijo el mismo Secretario de Cultura de Cali, el FICCALI sí se haría este año. Ojalá eso suceda, porque por ahora sólo es un bebé de dos años que murió por la indolencia de toda la ciudad. Y eso también lo incluye a usted, mi querido amigo y amiga, ciudadano de Cali. El cine también le incumbe… ¿Ahora sí sabe lo del bebé ese que toda una ciudad dejó morir?


*Versión completa del artículo reeditado y titulado ¿Dejaría morir a un bebé de dos años? publicado en la primera edición de la revista cultural Arké Revista, de Cali.  

miércoles, 2 de marzo de 2011

La Telenovela que quiso ser Serie, pero que no le alcanzó ni para Miniserie

 ‘Confidencial’ es la apuesta más reciente del Canal Caracol por tratar de recuperar el rating que le ha quitado RCN con 'La Pola'; historia de la historia que nunca existió desarrollada con una técnica impecable, y con 'El Man es Germán'; otro de los ridículos personajes que reflejan realidades inverosímiles y logran pegar de una manera muy fácil sus devenires y dichos en el común de la gente (tal como lo logró Beto Reyes con su "péguele!" y Leo con su "Diosa coronata").

Como formato, ‘Confidencial’ trae a colación nuevamente la “miniserie” como una posibilidad para contar historias en el 'Prime Time'. Claro, eso se destaca de la Gerencia de Productos de Caracol Televisión: apostar por el formato. Sin embargo, y para pena de algunos que creen que ‘Confidencial’ es la panacea universal, tengo algunos “vidriecitos en las medias” al respecto. Hablo del mal aprovechamiento del formato miniserie, del “truco” que conlleva el vender las historias como "inspiradas en la vida real" y de la promesa de la "impecable" realización.

Lo primero. ‘Confidencial’ ha caído en el juego de la subtrama prolija como relleno para alargar la trama. No hay que pasar por alto la evidencia etimológica: la miniserie es la versión "mini" de una serie, es decir, lo elemental de algo que ya de por sí es conciso y eficaz, narrativamente hablando. Y como me lo esperaba, las tres historias que ‘Confidencial’ ha contado hasta ahora –y seguramente así serán todas— han sido infladas banalmente.

Error craso para una miniserie, pues si se puede comparar una telenovela (trama de largo aliento, con unos protagonistas que cargan el peso de la misma que a su vez es alimentada de múltiples subtramas y relaciones entre otros personajes que aparecen y desaparecen de la historia) en el audiovisual con la novela en la literatura, la miniserie sería algo parecido a un cuento. Parafraseando a Cortázar, si la novela gana por puntos, el cuento debe ganar por nocáut. La miniserie debe ganar por nocáut.

La miniserie debe dar, con su trama y sobre todo con un ‘jab’ visual como final, el golpe de gracia al televidente desprevenido –o a la defensiva, en el mejor de los casos—. Y si bien los finales de las novelas semanales de ‘Confidencial’ dan, si acaso, ‘uppercuts’ con sus finales, no alcanzan a sorprender y conectar el cambialuces que los espectadores merecemos cuando nos acercamos a ver una narración que suponemos –y se nos ofrece— diferente a las telenovelas esquemáticas y tradicionales de siempre. Las historias son predecibles en su mayoría.

Lo segundo. El casi engaño que propone el recurso de vender las historias como "inspiradas en la vida real" o "basadas en hechos reales" o cualquier otra frase que dé el indicio al espectador que lo que se presta a ver o pasó o pasa o podría pasar en algún microcosmos espaciotemporal de nuestra dimensión. Frases de cajón con las que venden muchas historias hoy en día. Al final no son más que, como aquella película de James Cameron donde actúan Schwarzenegger y Curtis, "mentiras verdaderas". ¿A qué me refiero?

Es claro que tanto las historias de ‘Confidencial’ como todas las historias que se producen en el audiovisual, tanto las documentales como las de ficción, están basadas en hechos de la realidad. Son versiones de la realidad misma. Es más, sería ilógico pensar o creer que se va a inventar un relato que no tuviera referentes en algo que ya conociéramos. Y si se pudiera, ¿quién lo entendería? ¿Vería alguien esa telenovela o lo que sea que fuere? No creo.

Las frases comerciales que prometen "realidad pura" lo que plantean es reforzar el dramatismo, muchas veces insuficiente desde el guión, haciendo que el televidente se ponga en los zapatos del doliente del caso, o, el juego de poner al espectador a buscar la historia en los referentes puestos en la agenda de los medios por los noticieros. Que si este caso es del Padre Alberto o el de Gonzalo Gallo, que si este es Luis Eladio o Géchem, que si éste es el tipo que mató a la mujer en la costa o no. La respuesta, ambivalente: sí, son todos, pero no, no es ninguno. Son re-creaciones de todas esas realidades. Punto.

Ahora, lo tercero. ¿Producciones impecables? No. Las dinámicas de producción del seriado no se han desligado de las puestas en práctica por las telenovelas mismas: trabajo a varias cámaras que todo el tiempo buscan movimientos de grúa y acercamientos ópticos superlativos innecesarios, uso exagerado de iluminación en espacios que evidentemente son sets o –aún peor— exteriores, y uso excesivo de planos de contexto o de elipsis temporal-espacial. Ni qué decir de las sobreactuaciones y las historias con finales predecibles.

Hasta problemas técnicos tan simples como el ruido o muaré que generan muchos de los vestuarios –mal elegidos— de los protagonistas en el subutilizado formato de 24 fps de cine para la miniserie o desatenciones en la continuidad como cuando se ve la cámara en algunos planos o cambia el maquillaje y peinado de los protagonistas entre planos. De hecho, descubrí que también la música incidental que utilizan ya había sido utilizada en ‘La Saga: negocio de familia’ (esto no es gratis: La Saga es mi novela preferida). Falencias que son aceptadas en producciones mediocres, no en un proyecto con el que se espera sacar a Caracol Televisión del meollo en que lo tiene la franja nocturna de RCN.

Todo ello deja mucho que desear cuando se compara esta miniserie con series como El Capo o novelas como Tierra de cantores y la recién lanzada Amar y temer, de producción excelsa y fotografía muy bien lograda.

Por todo esto, a pesar que me alegra que se vuelva a hablar de miniserie en la televisión colombiana, considero que todo producto que tenga ese rótulo debe responder a dinámicas de producción más cercanas al cine que a la misma televisión. En consecuencia, ‘Confidencial’ y toda réplica maltrecha y mutante que surja bajo los parámetros de la telenovela, no podrá ser más que telenovela. Más de lo mismo. ‘Confidencial’ no es más que seis pequeñas novelas de una semana, vendidas como miniserie y hechas con tres cámaras forzadas a verse como si fueran cine.