miércoles, 15 de junio de 2011

El buen caleño, el cine y el bebé con catalepsia*

¿Si supo lo del bebé ese que toda una ciudad dejó morir? ¿No? Si le contara… Bueno aunque usted no tiene por qué saberlo. Claro, es entendible, usted, tan ocupado en los oficios diarios que demanda ser un buen ciudadano no tiene por qué saber ese tipo de cosas. Por ejemplo, sobre cine.

Usted no tiene por qué saber que en Cali se filmó la primera película colombiana de ficción. Tampoco sabrá que ese largometraje se hizo en 1922, inspirado en la novela María del escritor vallecaucano Jorge Isaacs, el del billete de cincuenta mil pesos. No tiene por qué. Está demasiado ocupado trabajando para pagar los recibos y los impuestos.

Es más, ni siquiera es culpable de no saber que en Cali, en 1941, se rodó la primera película sonora del cine colombiano: Flores del Valle, de Máximo Calvo Olmedo. De más que ni le suenan los nombres de Carlos Mayolo, Lisandro Duque, Carlos Moreno, Oscar Ruiz Navia o Luis Ospina. Ya tiene usted suficiente con recordar la nómina del Cali y del América.

Seguro no me creería si le aseguro que esta Cali, la que usted de pronto relaciona con la Salsa y las mujeres bellas, fue llamada en una época ‘Caliwood’. Porque así usted no lo note, el cine siempre ha estado presente en nuestra Cali: desde los teatros donde se veían las películas mexicanas y los ‘western’, hasta los jóvenes medio ‘hippies’ que caminan hoy en día con una cámara registrándolo todo. La ‘Sucursal del cielo’ siempre ha vivido a 24 cuadros por segundo.

Le puedo apostar que usted, mi buen amigo y ciudadano de Cali –de antemano, me excuso si lo sabía— ni sospechaba lo importante que es Cali en la historia del cine en Colombia. Pero ya lo ve… Pero bueno, tranquilo, a usted le corresponde es preocuparse por ser un buen ciudadano. Eso del cine dejémoselo a los desocupados y a los locos.

Hablando del buen ciudadano, déjeme le pregunto ¿mataría usted a un bebé de dos años? Píenselo… No se apresure en contestar. Medítelo…

Sólo póngase en ésta situación: Supongamos que usted ya se leyó esta revista-volante y ya se la pasó a un amigo o la botó –en una caneca, obviamente.  Usted como buen ciudadano que es, si de usted dependiera; de su tiempo y su dinero, ¿dejaría fallecer a un indefenso e inocente niño de dos años con toda una vida por delante?  

Seguramente su respuesta sea no. Sin embargo,  amigo caleño y amiga caleña, debo ser el portavoz de la mala noticia: los caleños estamos dejando morir el Festival Internacional de Cine de Cali, FICCALI, con sólo dos años de creado.

Porque sí, qué pena no haberle comentado, resulta que en Cali, por aquello de su importante papel en la historia de la cinematografía nacional y mundial, hay un Festival de Cine. Es un certamen anual que en sólo dos ediciones ha presentado 651 películas de más de 50 países y que ahora, por falta de autogestión de sus organizadores, indolencia del sector privado y mala planeación en la asignación de la partida presupuestal del Municipio, está en veremos.

El pasado 10 de mayo, Carlos Rojas, Secretario de Cultura de Cali,  confirmó el rumor que había sobre el FICCALI 2011. Lo que sería el acta de defunción del bebé de dos años: el presupuesto en la cartera municipal de Cultura no era suficiente y los fondos no ejecutados provenientes de otras secretarías, que eran los dineros que habían permitido la operatividad en las ediciones de 2009 y 2010, ya se habían acabado. El FICCALI no se haría.

Entonces se lo imagina uno, como buen bebé de dos años, reposando en un ataúd blanco de pequeñas dimensiones, siendo velado en los alrededores del Estadio Pascual Guerrero, claro está, en una funeraria de poca monta. La sala de velación estaría llena de cinéfilos, amigos, gestores, dolientes, académicos, indolentes chismosos y ‘hipsters’. También estaría la plana mayor del Municipio y los intelectuales más famosos de la ciudad, por supuesto.

La escena sería desgarradora. Luis Ospina, con sus gafas Ray-Ban oscuras para disimular la hinchazón en los ojos, daría unas palabras de agradecimiento a los asistentes, con la solemnidad de siempre. Rodrigo Vidal rompería con el silencio y sollozaría sintiendo el hijo partir.  Juan Carlos Romero, quien desde febrero había dicho que la Alcaldía sólo daría 30 millones para realizar el Festival,  daría gritos llenos de ira diciendo: “yo les dije, yo les dije!”.

Al final, mientras suena música de Ennio Morricone o Nino Rota,  en una bóveda del cementerio central sería sepultado el pequeño féretro blanco del FICCALI, ese bebé que a sus dos años fue masacrado, también, por la inasistencia del público caleño.

Porque es claro, amigo caleño y amiga caleña: en Cali ningún Festival cultural es autosostenible, y esto también es nuestra culpa. Está bien que la Alcaldía está recortando el presupuesto para los eventos culturales –En 2009, la Alcaldía dio $550 millones al Festival de Cine y en 2010, $300 millones— y que los comités organizadores no planean suficientes alternativas para incentivar la inversión del sector privado, pero usted, amigo y buen ciudadano, no está asistiendo a los eventos pagos de los Festivales.

Eso también debemos hacerlo los buenos ciudadanos. Apoyar las iniciativas culturales que se gestan en el seno de la sociedad caleña. Alternativas que no son la panacea para acabar con el aumento en los índices de inseguridad que van en aumento –este año las muertes violentas han aumentado un 5%--  pero que bien, acompañados de políticas ciudadanas de inclusión y educación pueden aminorar la proliferación de los sicarios y los ‘traquetos’ espontáneos.

Y esto mi amigo ciudadano de Cali, usted sí tiene por qué saberlo: El presupuesto de la Secretaría de Cultura para este año es de $17.800 millones de pesos. ¿No es esa plata parte de lo que usted y yo, como buenos ciudadanos, pagamos en los impuestos? ¿No alcanza con eso para hacer el Festival Internacional de Cine de Cali y el resto de festivales culturales grandes de la ciudad?

Apoyar la cultura y estar pendiente de qué hacen los mandatarios con el erario son sus derechos y deberes, mi amigo buen ciudadano. Por eso, así como cuando va a votar para tener luego derecho a despotricar del mandatario local, acuda a los Festivales culturales de la ciudad para que luego pueda quejarse porque “en esta ciudad no pasa nada” o porque “cómo es posible que no van a hacerlo este año”.

Por eso, desde comienzos de mayo los que nos consideramos cinéfilos y nos duele la muerte del FICCALI nos convertimos en aquellas damas de negro que lloran al muerto en el cementerio. Entonces todas las tardes vamos, armados de un buen pañuelo y varias películas ‘underground’ y lloramos a moco tendido la desaparición del FICCALI, esperando a que, como si fuera un bebé con catalepsia, despertara y tocara del otro lado de la bóveda pidiendo ver la luz.

Me han dicho que en los próximos días los gestores y el Municipio anunciarían un acuerdo que permitiría inyectarle adrenalina directamente al corazón, como a Mia Wallace en Pulp Fiction, al cadáver del Festival Internacional de Cine de Cali. 

Según me dijo el mismo Secretario de Cultura de Cali, el FICCALI sí se haría este año. Ojalá eso suceda, porque por ahora sólo es un bebé de dos años que murió por la indolencia de toda la ciudad. Y eso también lo incluye a usted, mi querido amigo y amiga, ciudadano de Cali. El cine también le incumbe… ¿Ahora sí sabe lo del bebé ese que toda una ciudad dejó morir?


*Versión completa del artículo reeditado y titulado ¿Dejaría morir a un bebé de dos años? publicado en la primera edición de la revista cultural Arké Revista, de Cali.  

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